Ф M 2

INSTITUTO OSCAR MASOTTA

DELEGACION COMODORO RIVADAVIA

INTERLOCUTOR: EDUARDO BENITO

Coordinador local:

Silvia Nuñez


Como Criar Niños

José Luis Tuñón. Artista y psicoanalista. 
Miembro de la E.O.L. y de la A.M.P. MP: 1084
(Nota Publicada en el suplemento bienestar del Diario Patagonico) 

Cada tanto, merodeando por ahí, me encuentro con algún asunto que podría ser del gusto de la gente por la actualidad y sobre el cual escribir. Y merodeando, fui a dar a un supermercado al que voy seguido. Ya sabemos que un supermercado es un lugar donde la realidad (hecha por partes iguales de gente y actualidad) adquiere su mayor consistencia. Algo me atrae de ese sitio que hace que, a pesar del fastidio que me causa, siga yendo.
La cuestión es que estamos en agosto y mis visitas al súper coincidieron con el día del niño. Ya pueden imaginarse la escena: las góndolas cercanas a la puerta atiborradas de cajas rosa, muñecos, ruiditos minúsculos, naves espaciales, pelotas gigantescas y otros objetos que ya no reconozco. Uno podría suponer que allí reina la alegría y el bullicio, pero no, lo frecuente son más bien los llantos destemplados y unos padres atribulados que no saben qué hacer con todo eso. La frustración se respira desde la entrada.
No es un fenómeno que ocurra sólo el día el niño o navidad. Es una escena que observo habitualmente en el súper. Una madre o un padre, empujando un carrito con un niño sentado en la sillita roja. El niño llora y señala con la mano el lugar donde está el objeto absoluto que parece desear más que nada en el mundo. El padre o la madre inclinados sobre él, o ella, tratan de calmarlo de formas diversas graduadas desde la ternura al enojo. Mientras uno de los padres habla con el niño, el otro va un poco más adelante, tratando de tomar distancia de la situación, pero por los gestos de la cara se ve que no lo consigue. En su “mente” (pongo comillas con ganas para que vean a dónde nos conducen estos inventos) se desarrolla una discusión que incluye reproches, advertencias y la evidencia de que…otra vez sopa.
La escena presupone que le han dicho que no y eso ha desencadenado la tormenta. ¿Pasó algo más o se trata de un evento normal en la crianza de cualquier niño? Después de todo, la crianza no es otra cosa que asistir a un niño mientras no puede con asuntos que lo desbordan, como por ejemplo, sus propios antojos.
Es sin duda un asunto habitual en la crianza, pero lo que me lleva a tratarlo aquí es la frecuencia con la que observo esa escena en el supermercado. Y cómo sigue es lo que me alarma. Porque el berrinche suele dar la vuelta al salón y puede oírse al niño cuando van saliendo mientras los padres siguen argumentando y el niño se va convirtiendo en un extraño al que no saben como tratar.
Digamos que los padres se debaten entre dos posiciones: hablarle al niño para que entienda, o ponerle “un límite” (le pongo comillas porque esto sí que nadie sabe bien qué es). Cuando hablan, le explican las razones que los han llevado al no: que el objeto en cuestión le hace mal, o que ya tiene varios como ese, o que la vez anterior sucedió lo mismo y el objeto absoluto fue abandonado apenas salieron del supermercado. El problema es que esa secuencia de argumentos mas bien procura que el niño entienda a sus padres, que los comprenda y se apiade de la difícil tarea que es decir no. Ser el representante de la frustración, nada menos que ahí, en el templo mayor de la felicidad y la satisfacción.
También he observado una variante de esta escena: alguno de los padres le da a elegir entre dos objetos, ya que el niño parece querer los dos. El objeto azul y el rojo - ¿Cuál querés?, es la pregunta obligada. - Este, responde el niño, pero vacila y mira el otro que la madre escondió en su espalda. El puchero asoma otra vez. Entonces se le ofrece el escondido: - ¿o este? El niño vacila aún más. La operación puede repetirse varias veces y el niño quedar expuesto a una elección imposible. He oído que luego la madre o el padre digan: - Bueno, este otro se lo llevamos al primo tal, que le va a gustar. Y el objeto va al carro y el niño al berrinche.
Hoy por ejemplo pude observar una escena en su momento inicial. El niño instalado en su sillita hacía simulacros de pedidos que, luego, declaraba como chistes. El padre, que ya se había tentado con una botella de Whisky de marca conocida y que prometía placeres exclusivos para iniciados, le advertía que no empezara con los pedidos. Flotaba en el aire un reproche, y el niño jugaba con eso. El juego podría ser tomado como un intento del niño por resolver el asunto, pero el problema es que ya cree que conoce los apetitos del padre, porque en ese lugar son los mismos apetitos de cualquiera. Y esa ilusión, de ser igual a su padre, lo pone a su altura, pero lo deja solo.
Cuando el niño es tratado como un igual, uno puede preguntarse: ¿igual a quién, o peor: igual a qué? Si se trata de la primera opción es fácil contestar: igual a los ideales de los padres acerca de lo que un niño querría para ser feliz. Y esos ideales recuerdan más al niño que los padres conservan que a las realidades con las que se han topado. En algunos casos eso llega lejos y se supone que el niño va a resarcirlos por todos los límites y carencias que han tenido que enfrentar. Entonces el niño es puesto en el lugar de una hipoteca imposible de levantar. Su frustración despertará en ellos la angustia y la impotencia. Si además toman precauciones contra esa frustración es posible que lo dejen solo. Pero no de presencia, ya que suele ocurrir que los padres estén “demasiado encima” del niño, como se dice. La soledad se instala al no ser reconocido en su lugar de niño. A veces se los ve llorando desconsoladamente sin que sus padres atinen siquiera a abrazarlos para poner un límite con su cuerpo a los apetitos de ese niño que ya imaginan como inmanejables.
En verdad su condición de niño está tan cargada de promesas como de riesgos. Y debe ser acogida por alguien que sea capaz de soportar ambos extremos: la ilusión imprescindible para que el niño crezca en la esperanza y el deseo, pero también la frustración que contempla que, aunque muchas de esas ilusiones no se cumplan, el mundo no se va a venir abajo.
Si el niño es considerado un igual, se presupone que sabe lo que quiere y eso lo irá sabiendo con el tiempo y los porrazos, pero no viene de fábrica. Lo que sí aparece apenas salido de la fábrica es un apetito radical que se enciende de modo instantáneo ante la vista de cualquier objeto que parezca ser disfrutado por otro. Y eso es lo que constituye la esencia misma del supermercado: ¡usted encuentra aquí lo que otros ya disfrutan! ¡Y se lo está perdiendo!
Encender ese apetito es su afán y su desvelo. Y la mejor manera de encenderlo es esperar a que ese objeto, apenas elegido, pierda súbitamente su atractivo para que lo gane el que tiene el otro. Todo se reduce a ofrecer continuamente imágenes de lo que “disfrutan” los otros. Se entiende: lo que atrae no es lo que yo tengo sino lo que el otro parece disfrutar. Por eso es infernal, no importa que se compre todo el supermercado, ese apetito no se colma.
Por eso la salida no está en elegir esto o lo otro, por esa vía no se sale. Se trata de encontrar un camino que vaya más allá de esa elección. Que instale, en esa simetría agotadora, un signo de que hay algo más valioso que la pelota azul o la roja, pero ojo: a condición de que no se sepa muy bien lo que es.
Ya casi nadie se acuerda porque la niñez se ha generalizado, pero hubo un tiempo en que era posible decirle a un niño: ya lo vas a entender más adelante. El niño, confrontado a una razón que lo excede, puede refugiarse en el amor, que no explica mucho pero está cargado de señales. Y la señal más importante, es la que indica que ese padre o esa madre ya pasaron por lo suyo y saben que, aún después de haber elegido la roja o la azul, la cosa siguió insistiendo. Desde esta perspectiva se puede decir que un padre es alguien que eligió y, al hacerlo, supo que no hay forma de eludir las consecuencias. Pero encontró en ello su razón, la razón singular de su vida, la única que, haya sido buena o mala, lo torna incomparable
¿Y se puede saber algo más de ese signo misterioso? Y..., no..., algunos recuerdan una sombra en el rostro de la madre, como una tristeza vieja de la que salía preparando una torta para los primos. O una caricia del padre cuando volvía del trabajo y, disimulando la cara de preocupado, iba a saludar a la pieza. O un no sé qué en la mirada que, cuando aparecía, no daban ganas de seguir insistiendo.
Otros muchos todavía se revelan contra lo que los padres eligieron, y se pasan la vida discutiendo con sus razones, pero el trabajo ya fue hecho: son los padres los que eligen y no el niño, al menos mientras va aprendiendo. Desde esta perspectiva un padre es alguien a quién se le puede echar la culpa, hasta que le toca el turno. Y elija o no, las consecuencias se seguirán trasmitiendo.
Insisto, el amor envuelve las razones de esa elección. Es lo mejor, nadie sabe bien qué es y conserva el misterio. Pero es un misterio, ¿se entiende? no es necesario que los padres hayan mostrado directamente que han elegido criar al niño, ni echárselo a la cara cada tanto. Eso justamente revelaría que no fue una elección, una obligación tal vez, pero no una obligación elegida, que es lo frecuente a lo que nos confrontamos. Las razones de esa elección serán el desvelo del niño, irá construyéndolas pacientemente a lo largo de una vida, y con ellas tejerá la historia de sí mismo.
A esta altura se darán cuenta de lo pobre que sería esa historia si sólo se tratara de elegir entre la pelota azul o la roja. O si alguien, ya de grande, sigue creyendo qué malo fue el papá que no se la compró.
Porque no hay que olvidar que en los supermercados no hay destino, ni pasado, ni futuro, solo un presente feliz como un espasmo.

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