Ф M 2

INSTITUTO OSCAR MASOTTA

DELEGACION COMODORO RIVADAVIA

INTERLOCUTOR: EDUARDO BENITO

Coordinador local:

Silvia Nuñez


Týkhe y Autómaton ¿De qué demonios hablaban los griegos?






     ROMEO CÉSAR


                                                 
  Týkhe y Autómaton
        ¿De qué demonios hablaban los griegos?


COLECCIÓN ENSAYOS
                                                                                    GIACOMO D’ORO Editor


                                 





Me pidieron una charla en el Instituto Oscar Masota de Comodoro sobre týkhe y autómaton a raíz del uso hecho por Lacan de esos términos griegos en su Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis.
Esas dos palabras, týkhe y autómaton, a las que Aristóteles echó mano en su Física  y en su Metafísica para ahondar en el análisis de las causas de cosas o acontecimientos excepcionales, suelen ser traducidas por “suerte, azar, fortuna” en el caso de τύχη, týkhe, y por “casualidad, espontaneidad, acaso” cuando se trata de αὐτόματον, autómaton. Lacan los resignifica por “encuentro con lo real” el primero, y el segundo por “el retorno, la insistencia de los signos”.
La charla es un desafío. Suena a tema abstracto, aburrido, de un tiempo pasado y dicho con palabras de un idioma que pocos entienden y creo que no a muchos les interesa entender hoy. La fruición va por otros lados. Un tema, palpito, sin seducción en el nuevo milenio para psicoanalistas jóvenes (y no tanto). Veamos cómo puedo hacer atractivo este asunto del que hubiera aconsejado no hablar, me parece.
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Antes de entrar de lleno en la charla haré una suerte de confidencia, así nos ponemos en clima. Voy a parafrasear un comentario de Aristóteles en su vejez, ya retirado en la isla de Eubea, que me gusta rememorar. Ese comentario, según la tradición, lo habría hecho en una carta a su amigo Antipater, un general de Alejandro Magno (llegó a ser regente de Europa). Le decía: ὅσῳ αὐτίτης καὶ μονώτης εἰμί, φιλομυϑότε-ρος     γέγονα. Traduzco: “Cuanto  [más] recluido conmigo mismo y solitario estoy, más amante de los mitos me he vuelto”. Con lo que, después de años, volvía a reencontrarse en el fondo de la caverna con su maestro Platón, otro amante de los mitos.
He traducido aquí αὐτίτης por “recluido conmigo mismo”. Tiene αὐτίτης la misma raíz de autómaton y, por supuesto, de nuestros “autista” y “autismo”. Bien, para esta charla se me ha ocurrido que puedo parafrasearla así: “Cuanto más a solas y recluido estoy en mi intimidad, más gozo siento en recrearme leyendo a los griegos… en griego”. Cosas de viejo que ha tenido la suerte de haber sido formado en las antigüedades clásicas. Pertenezco – por un regalo de la diosa Týkhe – a la misma familia filo-lógica de Lacan, de Foucault, de Derrida y de tantos otros. Soy congénere de ellos. (Y en el caso de Lacan, no siendo yo psicoanalista, puedo recrearme con sus planteos filosóficos, libre de tener que adherir a su doctrina, o repetirla con ortodoxia, o ver qué de ella puede serme útil en prácticas que “no son lo mío”).
Si juego lingüísticamente, no obstante, con textos en griego y en latín (o en lenguas vivas) no sólo es por el gozo de entretenerme en mi reclusión jubilatoria con obras muy queridas que atesoro en mi biblioteca y me retrotraen a tiempos más jóvenes. Después de visitar los clásicos me apasiona, confieso, volver al presente y darme a pensar. De esas travesías vuelvo con frecuencia más perspicaz para reflexionar acerca de cosas que acaecen en el mundo y en el país, convulso, empobrecido, confuso, traumado. Sobre cosas entonces que hoy me toca en suerte vivir.
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Comencemos por autómaton. Es una palabra que tiene unos cuantos años. Por lo menos unos tres mil. Ya la usaba Homero en la Ilíada. Su traducción no es fácil. Tiene sus bemoles. No hay en español una única palabra que la traduzca en todos sus usos y contextos. Es cierto que ocurre lo mismo con innumerables vocablos y expresiones de otras lenguas, pero con autómaton se metió en el medio Aristóteles.
La hizo una categoría de análisis en su reflexión sobre las causas. Y, aprovechando el carácter convencional de toda definición, configuró a su arbitrio un significado de autómaton en oposición a týkhe, dándoles a una y a otra categoría un lugar congruente con su esquema teórico general. Usó ambas en su enseñanza para los casos de acontecimientos, cosas, y estados de cosas, extraordinarios, ocasionales, no sujetos a reglas, fuera de (la) serie (causal), que acaecen de carambola o no se esperan.
Pero, en la Física al modelar teóricamente esos términos, Aristóteles proyectó sobre ellos rasgos humanos. Si, en algún momento del proceso causal – sostuvo – estaba implicada alguna “suerte” de elección (προαίρεσις, proaíresis), lo excepcional era debido a týkhe. Si algo acontecía sin elección, azarosamente ni propósito, como sucede con las cosas inanimadas, los animales y los niños – los ejemplos son de él (197b 8); Lacan los retoma (p. 77) –, entonces se debía hablar de autómaton.
Lacan sin embargo, al definir en su enseñanza la týkhe como encuentro con lo real, objeta que sea definible solamente por la intervención de un ser capaz de elección, de proaíresis, como propuso Aristóteles. Juzga que el ejemplo del sueño del cap. 7 de La Interpretación de los Sueños lo contradecía (77). El relato de algo que sucede como por azar, cuando todos duermen – la vela que cae, el incendio, un acontecimiento sin sentido, la mala suerte – y el desgarrador “Papá, ¿acaso no ves que ardo?” del sueño – pone en tela de juicio el uso categorial de týkhe dado en la Física. En ese encuentro con lo real no había ningún acto de elección deliberada.
En realidad Lacan – basado sólo en la Física, y no en la Metafísica – redefinió a ambos términos de la oposición semántica týkhe/autómaton, como adelanté. Lo hizo aprovechando el carácter arbitrario de las definiciones. Proyectó sobre ellos rasgos que fueran congruentes con el sujeto de la experiencia psicoanalítica y le sirvieran para elucidar la urdimbre de su “misterio” de sujeto singular. Definió así autómaton como el retorno o la insistencia de los signos a que nos somete el principio de placer en la experiencia subjetiva.
Volvamos al griego y partamos de Homero. ¿Qué era autómaton para el viejo aedo a quien habrían inspirado las Musas? Curiosamente era más cercano a nuestros “autómata” y “automáticamente”: “algo que actúa por sí sólo”, o “por la suya”, o “por su cuenta”, o “espontáneamente. Así lo usó en el libro II de la Ilíada (verso 408) donde Menelao asiste a su hermano Agamenón, por impulso espontáneo, por propia voluntad sin que nadie lo hubiera empujado o forzado a hacerlo.
Aristóteles le quitó a autómaton ese aspecto de hacer algo por propio impulso o por sí mismo (sí mismo explícito en el auto-) por haber derivado erróneamente el sentido de -maton de la palabra mátên (hacer algo en vano, sin propósito, gratuita o irreflexivamente). Los estudiosos del griego derivan ambos de un verbo defectivo reconstruido como μάω o μάομαι, cuyo significado habría sido “actuar impulsiva, impetuosamente, hacerlo de manera apasionada, ardiente, ávida, impaciente”.
En la lengua diaria, como en Homero, autómaton significaba un impulso que sostiene por sí mismo la actividad de algo. Y valía tanto para los humanos y animales como para los artefactos creados por los hombres (contra lo que admitía Aristóteles para el significado de esa palabra). La importancia de estas alusiones lingüísticas la veremos cuando hablemos de mecanismos cibernéticos en nuestros días.
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Pasemos a týkhe. También de traducción problemática. Suele traducirse por suerte o azar y se la identifica con la Fortuna de los latinos. Para Aristóteles (Física, 197a 36 – 197b 13) además de ser týkhe resultado de algún tipo de elección humana, solía connotar la buena suerte. Por ejemplo: encontrar un tesoro por casualidad. Este ejemplo no es invención mía. Es de Aristóteles en la Ética a Nicómaco (1112 a28).
El ejemplo me indujo a aprovechar, para esta charla, una narración de Platón en el segundo libro de la República (359d – 360c). Creo que les ayudará a entender mejor el enfoque de la týkhe aristotélica. Se trata de un relato que tiene su lado político (incluye Estado y mercado) y su lado erótico con trampa de amantes y crímenes incluidos. Un ejemplo picantito. Es el relato del mito del anillo de Giges:
Dicen que Giges era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; se abrió la tierra y apareció una grieta (χάσμα) en la misma zona donde él apacentaba. Asombrado ante lo que veía, descendió por la hendidura y vio allí, entre otras muchas maravillas que cuenta la fábula, un caballo hueco de bronce con pequeñas aberturas. Miró por una de ellas y vio que había un cadáver de talla al parecer más grande que la humana. No tenía más que un anillo de oro en la mano. Se lo quitó y salió de allí. Cuando se reunieron los pastores según la costumbre, con el fin de informar mensualmente al rey acerca de los ganados, el acudió con el anillo en el dedo. Estando sentado con los demás, por casualidad (τυχεῖν) el anillo se dio vuelta y quedó el engaste hacia la palma de la mano. Inmediatamente dejaron de verle los que lo rodeaban y para su sorpresa comenzaron a hablar de él como de un ausente. Tocó de nuevo el anillo, volvió hacia afuera el engaste y volvió a ser visible [repitió la acción y sucedió lo mismo]. Advertido de esto, procuró de inmediato formar parte de los enviados a informar al rey. Llegado al Palacio, sedujo a la esposa, atacó y mató con su ayuda al rey y se apoderó del poder del reino (ἀρχήν).
Con un anillo semejante que otorgara invisibilidad y con ella impunidad, no habría persona con convicciones tan firmes, acota Platón, que fuera capaz de perseverar en conductas justas u honestas, o de abstenerse de tocar bienes ajenos. No la habría,
cuando nada le impidiera dirigirse al mercado (ἀγορᾶς) y tomar allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en casas ajenas y fornicar con quien deseara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, igual a un dios (ἰσόϑεον) rodeado de mortales.
El relato, algo espeluznante, digno de Netflix, decía, es un buen ejemplo para entender el significado de autómaton y de týkhe en la enseñanza de Aristóteles.
El terremoto que produce azarosamente sin propósito deliberado (máten) una grieta o hendidura en que queda al descubierto un féretro (el caballo hueco que contiene un cadáver), sería para Aristóteles un caso de autómaton.
En cambio, tomar la decisión (proairesis) de adentrarse en la grieta y ver qué había allí y la de mirar por las aberturas o pequeñas puertas del féretro que dio como resultado el encuentro de un “tesoro”, un anillo de oro con poderes de un dios y no de un mortal, es un caso de týkhe.
Etimológicamente lo decisivo de ese proceso (contra lo que pensaba Aristóteles que exigía un acto de elección con consecuencias no previstas para hablar de týkhe) es el hecho de que su resultado, inesperado y valioso, resultaba de una contingencia o encuentro fortuito y afortunado. Porque týkhe deriva del verbo τυγχανεῖν, tygkhanein (viejo verbo que también aparece en Homero), cuyo significado según los diccionarios especializados es: “alcanzar un objetivo”, “tener éxito”, “ser feliz”, “encontrar por azar”, “tener suerte”; y en la voz media “encontrarse”, “estar en un lugar en el momento oportuno”, “tocar a uno en suerte algo en un reparto”.
Un dato filológico: contingente – una palabra cara al léxico lacaniano, de la misma raíz de τυγχανεῖν – está emparentado etimológicamente con tangere, “tocar”. De allí provienen tacto, contiguo, tangente, contagio, tañer, contaminar, acontecer. Y, obviamente, la expresión tocar en suerte. En inglés: to touch, hoy muy popular en touch’n’go (y, con suerte, después del toque salir “intacto”, hemos de suponer…).
Lacan se basó en un diccionario etimológico (quizás de indoeuropeo, aventuro) para definir týkhe como encuentro con lo real. Pero le dio un sesgo “catastrófico”, que no necesariamente tenía en la antigüedad clásica ni en Aristóteles. Para nosotros, dice Lacan (p. 60), el encuentro con lo real transforma la týkhe en la suerte fatídica de un encuentro fallido, traumático que determina todo lo que sigue, le impone un origen accidental, no se deja olvidar e insiste en forma discontinua (p. 63).
En el habla diaria, por lo general τύχη acentuaba la buena suerte (la εὐτυχία, eutykhía), y se oponía usualmente a la mala suerte (la δυστυχία, dystykhía). Como entre nosotros. El tocado por týkhe era, se suponía, un ser dichoso: además de encontrar tesoros, habitualmente el infortunio o la desgracia no lo alcanzaban o, en circunstancias peligrosas, se salvaba raspando, de chiripa. Un suertudo. Un afortunado a quien las cosas se le daban casi siempre bien. Aun actuando temerariamente, “sorteaba” situaciones de mucho riesgo en que se encontraba y en las que podía perder la vida o salir malherido. P. ej., en la guerra y en la navegación, los dos ámbitos más importantes de actividad en que la diosa Tύχη, creían los griegos, salvaba a sus protegidos (el tercero era el de las enfermedades y las pestes pandémicas).
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En Los cuatro conceptos, aparecen tres instancias de la týkhe, bajo la figura del “encuentro”: la del constructor de la teoría; la del analista y la del analizante.
El constructor, obviamente Lacan en este caso, encontró en la τύχη de un texto aristotélico, la Física, un término que le abrió posibilidades teóricas de análisis relativas a establecer cuál es el deber del analista en la interpretación de la transferencia (cf. p. 71). Para ello re-significó la categoría cambiando la traducción usual. La týkhe pasó a ser para él el encuentro con lo real.
En esta instancia la mirada del creador de la doctrina se muestra “estrábica” (sit venia verbo). Por un lado, mira la experiencia y las revelaciones que se le hacen manifiestas en su práctica clínica, recorre las teorías, debates y disensos que se han dado al respecto dentro de su campo, percibe las insuficiencias categoriales para responder a instancias que en su práctica lo urgen, etcétera (no necesito detallar pues ustedes lo saben mejor que yo). Por otro lado, mira qué se ha dicho y categorizado en otros campos teóricos que puedan darle alguna luz nueva, abrirle posibilidades impensadas en su propio campo, sugerirle alguna formulación terminológica más ajustada a lo que percibe en sus analizantes, o en su práctica clínica, en sus investigaciones, en su enseñanza, en sus debates y discusiones, etc.
La segunda instancia de la týkhe como encuentro es la del analista (se podría ejemplificar con Freud). Lacan la describe como el encuentro de un tesoro valioso. Lo que se produce en la ranura de la hiancia en que se manifiesta con discontinuidad algo de la función del inconsciente es un hallazgo sorpresivo invalorable que tiende, escurridizo, a escabullirse de nuevo (p. 33). De paso: hiancia tiene la misma raíz que la palabra χάσμα, khasma, usada por Platón para hablar de la grieta que produjo el terremoto en el mito de Giges. Un momento, pues, valioso en la terapia.
El análisis habrá de ayudar a develar su “misterio”: cuál ha sido el encuentro fallido con lo real que le ha tocado en suerte al sujeto. Develar el trauma que no se deja borrar e insiste… Y el analista habrá de tener cuidado de que eventualmente no se dispare una psicosis en su afán por descifrar el misterio (p. 62).
La tercera instancia de la týkhe es la del analizante entonces al que le ha tocado y caído en suerte la contingencia de un encuentro singular (y traumático) con lo real. Encuentro que se repite con intermitencia y se muestra in effigie, por ejemplo en el sueño donde, son palabras de Lacan,
los antiguos reconocían toda clase de cosas y, en ocasiones, mensajes de los dioses. ¿Y por qué habrían de estar equivocados? […] Tal vez la voz de los dioses se hace oír […] el sujeto está allí para dar consigo mismo, donde eso estaba […] lo real […] los que me escuchan desde hace algún tiempo saben que suelo usar la fórmula: los dioses pertenecen al campo de lo real (p. 53)
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Sigo entonces con la antigüedad clásica…
Týkhe, en la Teogonía de Hesíodo, era una “oceánida”: hija de Océano y Tethys.  La referencia de sus acciones al mar y la navegación fue un lugar común tanto de la literatura griega como de la latina (en este último caso, personificada en la diosa Fortuna). Era la Señora de las tormentas marinas, capaz de desatarlas y de amainarlas. De ella dependía la suerte del comercio marítimo y la de las batallas navales.
Píndaro, haciéndola hija de Zeus, ensalza a Tύχη  como diosa salvadora, Σώτειρα. En la Olimpíaca 12 da un paso más: declara sin rodeos que con su protección no sólo son piloteadas en el mar “las rápidas naves” (para llegar a oportunamente a puerto), también en tierra firme son conducidas las guerras (para lograr con su ayuda la victoria y que esta sea para bien) y da su asistencia a las asambleas en que se toman las decisiones (para que sean acertadas pues sus consecuencias no se pueden prever del todo). Píndaro daba por descontado que no habría zancadillas reglamentarias en las reuniones (¡ni manipulación del quorum!). Demócrito, el famoso atomista, alababa sin disimulo a Týkhe por los socorros que daba a sus preferidos. La juzgaba dadivosa sin mezquindades, generosa “a lo grande” (μεγαλόδωρος) (Frag. 176).
Hay un texto no muy citado de Platón, muy del agrado de Maquiavelo, en que expone la intervención de Týkhe en la vida humana. Está en Las Leyes (709 a-c). El contexto es un dilema: si las leyes instituidas por los mortales ordenan realmente la polis (para el caso de Atenas, piensen en las leyes instituidas por Solón y por la Asamblea democrática, la Ekklesía de la reforma de Clístenes), o si de hecho son la suerte y el concurso de circunstancias que acaecen por casualidad (τύχαι y σύμφοραι, týkhai y sýmphorai) las que en última instancia legislan y rigen todo.
Cito el texto de Platón poco citado:
- Iba a decir que ningún hombre legisla nunca nada, sino que son los azares y sucesos de toda clase que acaecen de mil maneras los que nos lo legislan todo. La guerra con su violencia derriba los regímenes y cambia las leyes, y lo mismo las penurias de una pobreza dura y difícil. También las enfermedades fuerzan a introducir muchas innovaciones al sobrevenir epidemias, o muchas veces los malos años se suceden en larga serie […] ningún mortal legisla nada, y que todos los negocios humanos no son en resumidas cuentas sino azar. Y cabe que el que diga todo esto acerca de la navegación, el pilotaje, la medicina y la estrategia, parezca hablar con razón. Pero de igual modo cabe que hable razonablemente el que diga esto otro acerca de estas mismas cosas.
- ¿El qué?
- Que el dios lo es todo y con él, la týkhe y el kairós, el azar y el momento propicio, gobiernan todos los asuntos humanos. Y suaviza aún más el planteo, si concertamos a estos con un tercero: la τέχνη, el saber hacer de las artes. Porque que se agregue el arte del piloto al momento oportuno lo haría mucho más ventajoso, ¿no es así?
Este texto une týkhe y kairós, la suerte y el tiempo oportuno o propicio (el momento en que concurren las circunstancias favorables en que acaece la suerte). Pero aparece un elemento nuevo: el saber hacer de la técnica. Sea esta técnica el arte de la navegación (el arte cibernético sobre el que se construyó el poderío militar y comercial de Atenas), o el arte de la guerra, o el de la medicina. Y cuando se trata de la metáfora del barco de la polis navegando en el mar tempestuoso de la vida y de la historia, habrá de contarse con el arte del gobierno político (un arte también de timonel, de kyberneter, de quien maneja el gobernalle, vieja palabra para el timón) a fin de ayudar a menguar los posibles caprichos de la diosa Týkhe en una travesía que inevitablemente estará llena de pruebas imprevistas, azarosas, indeseables y de final incierto. Así remata Platón su argumento:
- Por tanto, la misma cuenta habría que hacerse en las demás cosas [guerras, epidemias], e igual concesión habría que hacer a la legislación: con la coincidencia de todo lo demás que debe favorecer a un país, si ha de vivir felizmente, el legislador atenido a la verdad ha de concurrir siempre en una tal ciudad.
- Nada más cierto
- Así pues el que posea el arte de cualquiera de las cosas dichas, ¿no podrá pedir para él honestamente algún don de la fortuna sólo por lo que le faltara a su arte?
Platón articula, en este pasaje de Las Leyes, el poder del saber hacer de las artes humanas con la acción de poderes superiores a los hombres. El argumento es como sigue: con la τέχνη sola no basta para sortear las situaciones difíciles, tormentosas o desafiantes, si ocurren acontecimientos azarosos que ponen en riesgo los objetivos o pueden destruir nuestros deseos. Ha de ayudar la diosa Tύχη, la Suerte. Pero tampoco hay duda que la τέχνη ayuda a paliar los infortunios del azar, a aminorar los efectos o jugarretas “desafortunadas” de la mala suerte, y en muchos casos hasta es capaz de torcerle a la diosa el brazo con el que arroja los dados…
(Un paréntesis. Primero futbolero. Los hinchas saben que para ganar un campeonato no basta la técnica individual o de equipo, ni alcanza el estado físico o las ganas de lograrlo. Se necesita también un toque de suerte. Pero saben que con la sola suerte no se ganan campeonatos contra adversarios que se hacen técnicamente fuertes y estudian igualmente las debilidades de sus contrincantes. En juegos de puro azar en que no se necesite ninguna técnica especial para jugar bien en ellos, salvo ciertos movimientos corporales ordinarios – piensen en los dados – no basta con la buena suerte, porque la suerte no es segura: es voluble, caprichosa, antojadiza, cambiante… Y, por encima de los poderes humanos, puede hacerles jugarretas).
Maquiavelo a la sombra de Platón, le dedica el capítulo XXV de El Príncipe con la pregunta ¿qué dominio ejerce la Fortuna en las cosas humanas y cómo resistirlas cuando es adversa? Dice:
No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, o dígase la Providencia, gobierna de tal modo las cosas del mundo que  a los hombres no les es dable, con su prudencia, dominar lo que tienen de adverso esas cosas, y hasta no existe remedio alguno que oponerles. Con arreglo a semejante fatalismo, llegan a juzgar que es en balde fatigarse mucho en las ocasiones temerosas y que vale más dejarse llevar entonces por los caprichos de la suerte […] Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombre, cuando el tiempo está en calma, pueden tomar precauciones contra semejante río construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o, por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan anárquica y tan dañosa. Con la fortuna sucede lo mismo.
No siempre Maquiavelo se mostró tan optimista. En el mismo Príncipe reconoció que, al reflexionar sobre las cosas del mundo, se inclinó por una visión fatalista y que era inútil luchar contra lo que no existe remedio. Sin embargo, suavizando así su negativismo, aceptó también en dicha obra un miti/miti, un 50/50, o “casi”:
Nuestro libre albedrío no queda completamente anonadado. Estimo que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero también nos deja gobernar al menos la otra mitad o casi a nosotros.
¿Qué pensamos nosotros?
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Solía comenzar mis clases de filosofía con la siguiente pregunta: ¿Por qué estamos aquí? Bien, les preguntaría hoy: ¿cuánto debemos al azar para estar nosotros, y no otros, y estar aquí y no en otra parte que podría sernos más grata y deseable?
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Comenté antes que en la antigua Grecia se comparaba habitualmente el arte de gobernar con el arte del piloto de navegación marítima. Es decir, se la comparaba con la τέχνη κυβερνετική, con el arte “cibernético”. El timonel del barco era el κυβερνητήρ, el kybernetêr. De esa palabra deriva nuestra palabra “gobernador”: el que maneja el timón, el gobernalle de la polis. El piloto hábil y experimentado, el buen gobernante era el que sabía sortear con su técnica los peligros del mar tormentoso de la política.
En nuestros días, la palabra “cibernético” ha tomado una vigencia inesperada con la Inteligencia Artificial, la IA. Con una curiosidad: los algoritmos de las máquinas cibernéticas inteligentes, nuestras computadoras y teléfonos, han pasado a ser la quinta esencia del autómaton. Máquinas que ahora no sólo actúan por su cuenta, como ya Homero lo consignaba al hablar de las puertas del Olimpo que se abrían solas (Ilíada V, 749), sino incluso capaces de autoaprendizaje, de actuar con autonomía y de tomar decisiones por sí mismas en determinadas circunstancias o escenarios, y a larga – profetizan   sus   devotos   más   extremistas   y   exaltados     serán  capaces  de auto-mejorararse y  de hacer, por tanto, sistemas algorítmicos superiores a sí mismos.  
Voy a finalizar, entonces, con una forma discursiva algo enigmática, de tono oracular, ex profeso, para desafiarlos descifrarla y  forzarlos a pensar. Aprovecho entonces la ambivalencia semántica de la raíz griega del verbo αἰνίσσομαι, ainíssomai, “decir de manera indirecta, con palabras encubiertas”, verbo del que proviene la palabra “enigma”. Esa ambivalencia se da entre ainós, “narración”, “cuento”, “sentencia proverbial” y aîno, “terrible”, “aterrador”, “espeluznante”.  
Una nueva “divinidad” inteligente, invisible, vigila desde el cielo, tiene sus templos en la tierra, se desplaza por laberintos y  criptas  subterráneas y subacuáticas en un instante. Ve y escucha. Supervisa   los   febriles  movimientos   de   los   humanos, sigue sus pasos, orienta sus desplazamientos, capta y descifra sus comunicaciones y conversaciones íntimas, conoce sus datos, sus lecturas y opiniones, sabe de sus amores y sus trampas, estudia sus gustos y sus compras, está enterado de su salud y de sus debilidades, no le pierde pisada a millones de grupos de amistades, induce comportamientos comerciales y políticos, ofrece entretenimientos siempre nuevos y variados, cumple deseos, es providente, maneja los aparatos de sus casas…
Una divinidad inteligente que hace inteligencia desde oscuros e invisibles pasadizos hurgando los lados turbios o tenebrosos de las pulsiones humanas, entre las que se destacan las compulsiones consumistas y las compulsiones políticas en lucha por el poder. Divinidad inteligente que ahora sustituye actores humanos y puede llevar adelante operativos de guerra cibernética en campañas electorales con la máscara de bots (los militantes, hoplitas y marineros autómatas del siglo XXI). Divinidad que puede llevar a cabo en los campos de batalla acciones bélicas a distancia (como Apolo en la guerra de Troya) con tropas de asalto compuesta de drones y crear allí una tormenta de rayos y centellas disparando bombas y misiles mortíferos con exactitud milimétrica. No en vano, Píndaro hizo hija de Zeus a la diosa Týkhe
En el siglo XXI, los dioses pertenecen al mundo híbrido de Internet y pueden llegar a cada uno in effigie e in absentia en la imagen virtual resplandeciente, deslumbrante, de pantallas. Atraviesan todas las paredes y murallas, haciéndose presente en todas las casas y aposentos, en todos los paseos de compras y mercados, en todas las plazas públicas y edificios gubernamentales, en todos los lugares de trabajo, bares y confiterías, en tugurios y otros recovecos sórdidos de la polis.
En   el   tiempo   tormentoso   del   presente, la tékhne se ha vuelto inteligente, algorítmicamente autómata y engendra día a día la contingencia de la realidad híbrida en que týkhe y tékhne se articulan y entrelazan en una ciber-arquía para regir el mundo. Ciber-arquía que algunos con candidez bien intencionada creen poder convertir en una ciber-anarquía. Sin embargo ya se sabe: el poder no se entrega. El timón del barco menos.
La tecnología de la IA se ha vuelto nuestra týkhe autómatê. No sólo está tomando el comando de la época por sí sola. También introduce sus monstruos y alimenta la tormenta. Deja un resto de sí misma que no domina. Un resto que se hace azar: ignoramos qué resultará del viaje que hemos emprendido con su conducción autómata…
Ya lo sabemos, todo orden – les recuerdo que los españoles y franceses llaman ordenadores a nuestras computadoras – trae un resto (mayor o menor) de desorden, toda racionalidad trae a la rastra un dejo invencible de irracionalidad y locura. Desorden y locura que tratándose de algoritmos electrónicos inteligentes pueden acrecentarse exponencialmente. Lo vienen haciendo los últimos años…
Quizás no debiéramos entonces hablar de “Nueva Divinidad Inteligente”, porque las divinidades que dan vida y animan a Internet son muchas. Y como las griegas las hay benefactoras y tenebrosas. Los nuevos dioses algorítmicos también pertenecen al campo de lo real. Allí se encuentran. Tocan su contingencia y cosechan en sus plataformas datos masivos, heterogéneos y aleatorios día y noche que, en su concurrencia, crean un kairós que consideran oportuno y favorable, aunque no lo sea en todos los casos. Y, en algunos, alienta tormentas airadas, enardecidas, letales.
Dioses algorítmicos que nos hablan in effigie en pantallas resplandecientes, atractivas y seductoras, cuyo servicio y ayuda se han vuelto imprescindibles para vivir y desempeñarnos en la época. Con ellos nos sentimos jóvenes y con suerte por lo que nos ha tocado en esta era de la tecnología tan distinta a la de nuestros abuelos. Dioses algorítmicos que, como Týkhe, guían nuestros pasos singulares para llegar a destino, pero pueden también desviarnos y perdernos por rutas de infortunio… Nunca se sabe. Ya hace tiempo nos alertaron los griegos: el GPS de Edipo lo llevó a encontrar a su padre en una encrucijada, y a la Esfinge más adelante camino a Tebas. Esos encuentros signaron la suerte trágica, fatídica, de la casa real de Tebas: de Edipo, de Antígona, de Etéocles y de Polínice, sus hijos.
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Cierro la charla con un poema de Romina Caisamaño en Un día de estos (2011), que viene a cuento, creo. Lleva por título “Ontología mínima: la tique de Helena”. (se pueden detectar en él un verso de San Juan de la Cruz y otro de Horacio):
Lo que hay
que nos toca en suerte
en su reparto
nos toca.
Y (en) su toque
nos deja su marca.
Un dejo
quedo de sí
Un no sé qué que queda
balbuciendo una vida
(un instante)
y nos deja
Un rastro borrado
(un resto contumaz)
nos arrastra tras él
Mientras, a la deriva, ay,
fugaces se deslizan
se deslizan los años

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Comodoro Rivadavia, mayo de 2018.




                                            
Un dije de la buena suerte
   (Acertijo: ¿cuál será la etimología de dije? )