Ф M 2

INSTITUTO OSCAR MASOTTA

DELEGACION COMODORO RIVADAVIA

INTERLOCUTORA: DIANA CAMPOLONGO

COORDINADORES LOCALES: Mario Korman, José Luís Tuñón

ConVERsAcioNES: Darío Galante

Desde la Biblioteca del IOM2 de la Delegación Comodoro Rivadavia, este año se inició un ciclo de encuentros con representantes de diversas disciplinas, con las cuales el psicoanálisis puede establecer un dialogo, artistas, filósofos, etc. y que hemos denominado "ConVERsacioNES" Decidimos tomar algo de ese ciclo y trasladar un par de preguntas a cada uno de los entrevistados para ubicar la singularidad del encuentro con el psicoanálisis.Las preguntas  fueron realizadas en forma personal,  por mail, por Facebook , etc.Iremos publicando por este medio todos los domingos las respuestas de: Gerardo Arenas, Celeste Viñal, Osvaldo Delgado, Mónica Torres,  Adriana Testa, Patricio Álvarez Bayon, Graciela Esperanza, Darío Galante, etc.Seguiremos realizando estas preguntas a distintos psicoanalistas y publicándolas en este Blog. 


                                                                                       Alejo Recalde y Sebastián Núñez



A.R. ¿Cómo fue tu encuentro con el psicoanálisis?

D.G. En verdad, no puedo hablar de mi encuentro con el psicoanálisis sino de "mis encuentros con el psicoanálisis". Es cierto que, como todo en la vida, siempre hay una primera vez. En mi caso no fue muy "rutilante". Simplemente era un estudiante de psicología y notaba que mis compañeros de estudio se analizaban. Un poco por curiosidad, otro poco por seguir a la manada, comencé un análisis.
Pero decía que lo más interesante para mi son los encuentros con el psicoanálisis. Cada vez que en la práctica cotidiana hay un encuentro con un destello de verdad se produce algo que renueva el deseo. A veces es una sesión, a veces es desentrañar un enigma de la teoría y otras tantas tener la convicción en una clase que logré producir un verdadero efecto de transmisión.  

A.R: ¿Podes nombrar cuales libros han marcado tu vida?


D.GLa respuesta por los libros puede ser infinita....
Me inclino por seguir el principio borgeano que dice que "ahí" lo que debe primar es el lector. Si Shakespeare te aburre, dejalo, ya llegará el momento.
Me ha pasado de leer un gran libro y la relectura no me provocó demasiado.
De todos modos hay libros que para mí son interminables, prefiero destacar en este momento esos libros que uno nunca termina de leer, que los puede seguir leyendo una y otra vez.
Destaco dos, el seminario 11. Desde que empecé a leerlo me genera el mismo interés de leerlo una y otra vez. Me pasa algo similar con los seminarios de Lacan en general. Pero el efecto de ruptura que propone ahí Lacan con lo que se creía que era el psicoanálisis nunca pierde actualidad. 
El otro libro de "cabecera" para mí son "Los signos del goce", de J.A. Miller. Me impactó la precisión con la que transmite un tema tan complejo como es el de la clínica del final de análisis. Si bien ya había leído bastante de Miller, y había aprendido mucho con su modo de transmitir a Lacan, en ese seminario da un salto muy importante, que después lo volví a encontrar en otros de sus seminarios, pero por el tiempo en que fue publicado y por la sorpresa que me provocó su lectura lo considero especialmente entre mis preferidos.

Muchas Gracias Darío 

Como Criar Niños

José Luis Tuñón. Artista y psicoanalista. 
Miembro de la E.O.L. y de la A.M.P. MP: 1084
(Nota Publicada en el suplemento bienestar del Diario Patagonico) 

Cada tanto, merodeando por ahí, me encuentro con algún asunto que podría ser del gusto de la gente por la actualidad y sobre el cual escribir. Y merodeando, fui a dar a un supermercado al que voy seguido. Ya sabemos que un supermercado es un lugar donde la realidad (hecha por partes iguales de gente y actualidad) adquiere su mayor consistencia. Algo me atrae de ese sitio que hace que, a pesar del fastidio que me causa, siga yendo.
La cuestión es que estamos en agosto y mis visitas al súper coincidieron con el día del niño. Ya pueden imaginarse la escena: las góndolas cercanas a la puerta atiborradas de cajas rosa, muñecos, ruiditos minúsculos, naves espaciales, pelotas gigantescas y otros objetos que ya no reconozco. Uno podría suponer que allí reina la alegría y el bullicio, pero no, lo frecuente son más bien los llantos destemplados y unos padres atribulados que no saben qué hacer con todo eso. La frustración se respira desde la entrada.
No es un fenómeno que ocurra sólo el día el niño o navidad. Es una escena que observo habitualmente en el súper. Una madre o un padre, empujando un carrito con un niño sentado en la sillita roja. El niño llora y señala con la mano el lugar donde está el objeto absoluto que parece desear más que nada en el mundo. El padre o la madre inclinados sobre él, o ella, tratan de calmarlo de formas diversas graduadas desde la ternura al enojo. Mientras uno de los padres habla con el niño, el otro va un poco más adelante, tratando de tomar distancia de la situación, pero por los gestos de la cara se ve que no lo consigue. En su “mente” (pongo comillas con ganas para que vean a dónde nos conducen estos inventos) se desarrolla una discusión que incluye reproches, advertencias y la evidencia de que…otra vez sopa.
La escena presupone que le han dicho que no y eso ha desencadenado la tormenta. ¿Pasó algo más o se trata de un evento normal en la crianza de cualquier niño? Después de todo, la crianza no es otra cosa que asistir a un niño mientras no puede con asuntos que lo desbordan, como por ejemplo, sus propios antojos.
Es sin duda un asunto habitual en la crianza, pero lo que me lleva a tratarlo aquí es la frecuencia con la que observo esa escena en el supermercado. Y cómo sigue es lo que me alarma. Porque el berrinche suele dar la vuelta al salón y puede oírse al niño cuando van saliendo mientras los padres siguen argumentando y el niño se va convirtiendo en un extraño al que no saben como tratar.
Digamos que los padres se debaten entre dos posiciones: hablarle al niño para que entienda, o ponerle “un límite” (le pongo comillas porque esto sí que nadie sabe bien qué es). Cuando hablan, le explican las razones que los han llevado al no: que el objeto en cuestión le hace mal, o que ya tiene varios como ese, o que la vez anterior sucedió lo mismo y el objeto absoluto fue abandonado apenas salieron del supermercado. El problema es que esa secuencia de argumentos mas bien procura que el niño entienda a sus padres, que los comprenda y se apiade de la difícil tarea que es decir no. Ser el representante de la frustración, nada menos que ahí, en el templo mayor de la felicidad y la satisfacción.
También he observado una variante de esta escena: alguno de los padres le da a elegir entre dos objetos, ya que el niño parece querer los dos. El objeto azul y el rojo - ¿Cuál querés?, es la pregunta obligada. - Este, responde el niño, pero vacila y mira el otro que la madre escondió en su espalda. El puchero asoma otra vez. Entonces se le ofrece el escondido: - ¿o este? El niño vacila aún más. La operación puede repetirse varias veces y el niño quedar expuesto a una elección imposible. He oído que luego la madre o el padre digan: - Bueno, este otro se lo llevamos al primo tal, que le va a gustar. Y el objeto va al carro y el niño al berrinche.
Hoy por ejemplo pude observar una escena en su momento inicial. El niño instalado en su sillita hacía simulacros de pedidos que, luego, declaraba como chistes. El padre, que ya se había tentado con una botella de Whisky de marca conocida y que prometía placeres exclusivos para iniciados, le advertía que no empezara con los pedidos. Flotaba en el aire un reproche, y el niño jugaba con eso. El juego podría ser tomado como un intento del niño por resolver el asunto, pero el problema es que ya cree que conoce los apetitos del padre, porque en ese lugar son los mismos apetitos de cualquiera. Y esa ilusión, de ser igual a su padre, lo pone a su altura, pero lo deja solo.
Cuando el niño es tratado como un igual, uno puede preguntarse: ¿igual a quién, o peor: igual a qué? Si se trata de la primera opción es fácil contestar: igual a los ideales de los padres acerca de lo que un niño querría para ser feliz. Y esos ideales recuerdan más al niño que los padres conservan que a las realidades con las que se han topado. En algunos casos eso llega lejos y se supone que el niño va a resarcirlos por todos los límites y carencias que han tenido que enfrentar. Entonces el niño es puesto en el lugar de una hipoteca imposible de levantar. Su frustración despertará en ellos la angustia y la impotencia. Si además toman precauciones contra esa frustración es posible que lo dejen solo. Pero no de presencia, ya que suele ocurrir que los padres estén “demasiado encima” del niño, como se dice. La soledad se instala al no ser reconocido en su lugar de niño. A veces se los ve llorando desconsoladamente sin que sus padres atinen siquiera a abrazarlos para poner un límite con su cuerpo a los apetitos de ese niño que ya imaginan como inmanejables.
En verdad su condición de niño está tan cargada de promesas como de riesgos. Y debe ser acogida por alguien que sea capaz de soportar ambos extremos: la ilusión imprescindible para que el niño crezca en la esperanza y el deseo, pero también la frustración que contempla que, aunque muchas de esas ilusiones no se cumplan, el mundo no se va a venir abajo.
Si el niño es considerado un igual, se presupone que sabe lo que quiere y eso lo irá sabiendo con el tiempo y los porrazos, pero no viene de fábrica. Lo que sí aparece apenas salido de la fábrica es un apetito radical que se enciende de modo instantáneo ante la vista de cualquier objeto que parezca ser disfrutado por otro. Y eso es lo que constituye la esencia misma del supermercado: ¡usted encuentra aquí lo que otros ya disfrutan! ¡Y se lo está perdiendo!
Encender ese apetito es su afán y su desvelo. Y la mejor manera de encenderlo es esperar a que ese objeto, apenas elegido, pierda súbitamente su atractivo para que lo gane el que tiene el otro. Todo se reduce a ofrecer continuamente imágenes de lo que “disfrutan” los otros. Se entiende: lo que atrae no es lo que yo tengo sino lo que el otro parece disfrutar. Por eso es infernal, no importa que se compre todo el supermercado, ese apetito no se colma.
Por eso la salida no está en elegir esto o lo otro, por esa vía no se sale. Se trata de encontrar un camino que vaya más allá de esa elección. Que instale, en esa simetría agotadora, un signo de que hay algo más valioso que la pelota azul o la roja, pero ojo: a condición de que no se sepa muy bien lo que es.
Ya casi nadie se acuerda porque la niñez se ha generalizado, pero hubo un tiempo en que era posible decirle a un niño: ya lo vas a entender más adelante. El niño, confrontado a una razón que lo excede, puede refugiarse en el amor, que no explica mucho pero está cargado de señales. Y la señal más importante, es la que indica que ese padre o esa madre ya pasaron por lo suyo y saben que, aún después de haber elegido la roja o la azul, la cosa siguió insistiendo. Desde esta perspectiva se puede decir que un padre es alguien que eligió y, al hacerlo, supo que no hay forma de eludir las consecuencias. Pero encontró en ello su razón, la razón singular de su vida, la única que, haya sido buena o mala, lo torna incomparable
¿Y se puede saber algo más de ese signo misterioso? Y..., no..., algunos recuerdan una sombra en el rostro de la madre, como una tristeza vieja de la que salía preparando una torta para los primos. O una caricia del padre cuando volvía del trabajo y, disimulando la cara de preocupado, iba a saludar a la pieza. O un no sé qué en la mirada que, cuando aparecía, no daban ganas de seguir insistiendo.
Otros muchos todavía se revelan contra lo que los padres eligieron, y se pasan la vida discutiendo con sus razones, pero el trabajo ya fue hecho: son los padres los que eligen y no el niño, al menos mientras va aprendiendo. Desde esta perspectiva un padre es alguien a quién se le puede echar la culpa, hasta que le toca el turno. Y elija o no, las consecuencias se seguirán trasmitiendo.
Insisto, el amor envuelve las razones de esa elección. Es lo mejor, nadie sabe bien qué es y conserva el misterio. Pero es un misterio, ¿se entiende? no es necesario que los padres hayan mostrado directamente que han elegido criar al niño, ni echárselo a la cara cada tanto. Eso justamente revelaría que no fue una elección, una obligación tal vez, pero no una obligación elegida, que es lo frecuente a lo que nos confrontamos. Las razones de esa elección serán el desvelo del niño, irá construyéndolas pacientemente a lo largo de una vida, y con ellas tejerá la historia de sí mismo.
A esta altura se darán cuenta de lo pobre que sería esa historia si sólo se tratara de elegir entre la pelota azul o la roja. O si alguien, ya de grande, sigue creyendo qué malo fue el papá que no se la compró.
Porque no hay que olvidar que en los supermercados no hay destino, ni pasado, ni futuro, solo un presente feliz como un espasmo.

Taller de Lectura 29-8-14

Este viernes a las 18hs. en el Aula de del Mueso ferroportuario se realizar el taller de lectura en base a la clase brindada por Diana Campolongo.

Tambien les recordamos que a las 20hs en el CEPTur (Moreno e Yrigoyen) se realiza la segunda Noche de Bibliotecas.

Los Esperamos .

ConVERsAcioNES: Celeste Viñal

Desde la Biblioteca del IOM2 de la Delegación Comodoro Rivadavia, este año se inició un ciclo de encuentros con representantes de diversas disciplinas, con las cuales el psicoanálisis puede establecer un dialogo, artistas, filósofos, etc. y que hemos denominado "ConVERsacioNES" Decidimos tomar algo de ese ciclo y trasladar un par de preguntas a cada uno de los entrevistados para ubicar la singularidad del encuentro con el psicoanálisis.Las preguntas  fueron realizadas en forma personal,  por mail, por Facebook , etc.Iremos publicando por este medio todos los domingos las respuestas de: Gerardo Arenas, Celeste Viñal, Osvaldo Delgado, Mónica Torres,  Adriana Testa, Patricio Álvarez Bayon, Graciela Esperanza, Darío Galante, etc.Seguiremos realizando estas preguntas a distintos psicoanalistas y publicándolas en este Blog. 



 Alejo Recalde y Sebastián Núñez


A.R. ¿Cómo fue tu encuentro con el psicoanálisis?

Celeste Viñal: Cursaba sin ningún interés la materia Psicología en el CBC de la UBA sólo como requisito para empezar otra carrera, cuando una docente puso un ejemplo sencillo ante esa multitud de alumnos que habían florecido en aquella la primavera alfonsinista: "Martita no tiene suerte con los novios, dicen las amigas. Con Fulano le fue mal porque es muy malo, con Mengano porque es infiel, con Zutano porque la abandonó. Pobre Martita! Ellas dicen eso, pero nosotros con el psicoanálisis nos preguntamos... y Martita? Qué tiene que ver Martita con lo que le pasa?"
Relámpago. Hasta ese momento la alienación al discurso familiar había dado el convencimiento de que el destino, el azar o los otros eran los responsables de las desgracias y los padecimientos.
En segundos comprendí que si uno tenía cierta relación con lo que le ocurría también podría modificarlo.
Volviendo a mi casa decidí cambiar de carrera.
Fue así como el concepto de implicación subjetiva, que descubrí a los 18 años, realizó un viraje personal que me terminó vinculando al psicoanálisis hasta hoy.
Gracias profesora anónima, gracias Martita!

A.R: ¿Podes nombrar cuales libros han marcado tu vida?

C.V.: Qué pregunta difícil! Qué entusiasmo por contestarla!
Muchos libros fueron importantes para mi vida y me modificaron. La lectura fue una actividad que me sostuvo en los avatares de la infancia y signó un lazo libidinal perdurable con los libros.
Puesta a elegir diré que el primero fue el libro de lectura Upa! de Constancio Vigil.
Me permitió aprender a leer muy precozmente, en la soledad de mi empecinamiento por escapar del duelo y de paso entender qué relación ligaba letras, sonidos e imágenes. Quería comprender, algo.
Papaíto piernas largas, de Jean Webster. La bildungsroman de una huérfana me vino como anillo al dedo para soñar con que existía la posibilidad de redimirse a través del saber y del amor. Claramente fue una brújula que nunca solté.
Para asustarme lo buscaba a Poe y le sacaba lustre a mis primeros rasgos fóbicos con El tonel del amontillado.
Pero Aída Bortnik me calmaba.

En la adolescencia haría todo el recorrido ochentoso por los escritores latinoamericanos, algunos franceses y varios españoles de la guerra civil. Lectura fechada a una democracia incipiente y fértil para orientar la relación a los ideales.
De aquellos recorridos la excepción fue Borges. Un mundo aparte que me internó en los laberintos tanto como en el disfrute de la lógica como herramienta imprescindible del pensamiento.
Pizarnik fue un hallazgo intermedio. La encontré justo en la salida de la adolescencia y tradujo con toda precisión los dolores de la existencia y el amor trágico.
Sangré sus poemas uno a uno hasta aprenderlos de memoria y que fueran la piel que cubría la carne dolorida. Ponía en palabras que me eran más cercanas la tradición dramática del gusto de mi madre por la ópera.
Vinieron también poetas de muchos lugares a acompañar las noches: Dylan y sus whiskys, la magia de Orozco. Infaltables Rimbaud, Artaud, Girondo, Leopardi, Vallejo, Pessoa.

Ya en la juventud plena y hasta el día de hoy tengo la dicha de que mis varios de mis amigos se dediquen a las letras. Ellos van balizando mi ignorancia con sugerencias maravillosas.
Debo confesar que no todas me gustaron, pero que con todas aprendí algo.
En la universidad me encontré con el libro que señalaría mi camino pulsional en la profesión Lecciones de introducción al psicoanálisis de Oscar Masotta. Y ya no volví.

Freud me enamoró por su manera de escribir combinada con esa lógica precisa que me había anticipado Borges.
Y Lacan aparecía como quien decía lo que siempre, de un modo extraño, hubiese sabido por mis lecturas. Era la poesía y la lógica. Mostraba con todo rigor el valor de la palabra y su íntima relación al goce.
 J-A Miller fue quien me los explicó a todos, partiendo del Upa! con su transmisión elucidada.
Si tuviese que elegir algunos libros de la literatura adulta sería injusta pero voy a nombrar los que espontáneamente vienen a mi cabeza como habiéndome producido algo inclusive corporal en su lectura, fascinación, entrega, no poder dormir para leer una página más.
Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline. Topadora desde todo lugar posible.
Lo bello y lo triste de Kawabata que me llevó a Mishima y de él a Akutagawa y a Kobo Abe que me introdujeron en un mundo aparte.
Matadero 5 de Vonnegut fue la locura escrita que me mantuvo una noche sin dormir.
De mis contemporáneos me conmovieron de muy distintas maneras Salón de belleza de Mario Bellatin, Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued y Un final feliz de Gabriela Liffschitz. 

" Si te dejan hablar no te matan" me decía mi abuela y un poco es verdad. Si me dejan leer, tampoco. 

Muchas Gracias Celeste

actividad viernes 22 de Agosto

El viernes a las 18 hs. se realizará la 4ta clase del seminario anual del IOM2 de Comodoro Rivadavia.
en el Aula del Museo Ferroportuario. Los Esperamos

ConVERsAcioNES: Gerardo Arenas

Desde la Biblioteca del IOM2 de la Delegación Comodoro Rivadavia, este año se inició un ciclo de encuentros con representantes de diversas disciplinas, con las cuales el psicoanálisis puede establecer un dialogo, artistas, filósofos, etc. y que hemos denominado "ConVERsacioNES" 
Decidimos tomar algo de ese ciclo y trasladar un par de preguntas a cada uno de los entrevistados para ubicar la singularidad del encuentro con el psicoanálisis.
Las preguntas  fueron realizadas en forma personal,  por mail, por Facebook , etc.
Iremos publicando por este medio todos los domingos las respuestas de: Gerardo Arenas, Celeste Viñal, Osvaldo Delgado, Mónica Torres,  Adriana Testa, Patricio Álvarez Bayon, Graciela Esperanza, Darío Galante, etc.
Seguiremos realizando estas preguntas a distintos psicoanalistas y publicándolas en este Blog. 

 Alejo Recalde y Sebastián Núñez




¿Cómo fue tu encuentro con el psicoanálisis?

- Mi encuentro con el psicoanálisis no fue uno, sino múltiple: primero como lector, después como analizante, y finalmente como analista.
Por lo poco que sobre el tema hablaban o leían mis allegados, y debido a mi vocación científica y a mi gusto por la lógica, yo prejuzgaba que el psicoanálisis era un capítulo de la psicología y que ésta era una pseudociencia. Pero a mis diecisiete años, en cierta ocasión social, un analista a quien no conocía se mostró interesado por un libro que yo estaba leyendo, las Obras completas de Gödel, y me pidió que le diera clases al respecto. Sorprendido por enterarme de que mi amada lógica podría tener conexión con el repudiado psicoanálisis, y mordido por la curiosidad, le hice una contrapropuesta: que, en vez de pagarme, me enseñara en qué se vinculaban el psicoanálisis y la lógica. El intercambio iba a durar años, y comenzó por la lectura de “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, de Lacan, que, además de tener lógica, oponía tajantemente el psicoanálisis a la psicología. Esto conmovió mi prejuicio. Me lancé a la lectura de Lacan y de Freud.
Un año después comencé a analizarme. Nervioso, en la primera entrevista, antes de tomar asiento dije: “Vengo porque tengo un problema”. De inmediato recibí la réplica: “¿Un problema? ¡Entonces esto será pan comido!”. El peso que allí tomaba la palabra me impactó de entrada. Esto es cosa seria, me dije. Ése fue mi segundo encuentro con el psicoanálisis. Mientras proseguía mi carrera científica, multipliqué mi participación en grupos de estudio de psicoanálisis e incluso en jornadas nacionales y encuentros internacionales de instituciones lacanianas, sin que eso me llevara, jamás, a considerar la posibilidad de dedicarme a eso. No dejaba de ser, para mí, un hobby intelectual.
Sin embargo, cinco años después acepté la oferta de trabajar como analista en un poblado hospital neuropsiquiátrico. Ocho años de dictadura militar lo habían vaciado de profesionales, y mi interés teórico por las psicosis pesó, para el jefe de servicio, más que mi falta de título habilitante. Llegué al hospital movido por una mera curiosidad; pero, al concluir la primera entrevista con mi primera paciente, supe que a eso iba a dedicar mi vida. Ese tercer encuentro fue el definitivo.

¿Podes nombrar dos o tres libros que hayan marcado tu vida?

- Para ser justo, debería nombrar cinco. Los presentaré por orden cronológico, y diré dos palabras acerca del efecto que causaron en mí. El primero fue Introducción a la lógica de Irving Copi, que comencé a leer con pasión en 1975. De no haber sido por el interés que despertó en mí, quizá nunca me habría acercado al psicoanálisis. Un año después leí La física, aventura del pensamiento, de Albert Einstein y Leopold Infeld, que despertó mi duradera vocación científica. En 1978, la lectura de los Escritos de Jacques Lacan fue mi puerta de entrada al psicoanálisis. En 1981 leí las Memorias de un enfermo nervioso, de Daniel Paul Schreber, origen de ese interés por las psicosis que me condujo a la clínica psicoanalítica. Por último, mi encuentro con Los signos del goce de Jacques-Alain Miller me dejó, en 1998, una pregunta que orientó mi propio programa de trabajo hasta la actualidad.